También se puede perder. Estoy aprendiendo a perder, le dijo el zorro al árbol, mientras veía a una zorra aparearse con su competidor.
Aprendí a perder. No es injusto que no pueda tocarle o que prefiera estar con otras personas antes que conmigo. No es injusto que alguien quiera otra cosa, no es injusto que hayan dos caminos parecidos, que se cruzen, pero que nunca se unan.
No siempre se gana, le dijo el árbol al zorro. Él había visto muchas hojas caer a sus pies y ver a un zorro subirse a llorar sus penas en la que era una de sus ramas más fuertes no le causaba sorpresa.
El árbol le contó al zorro la historia de las tortugas, que tienen que llegar al mar después de nacer. Le dijo también que las tortugas vuelven, pero muy pocas vuelven. Le dijo que poco a poco se iban haciendo más fuertes, pero que ninguna había dicho que eso era injusto.
El zorro había llorado. Nunca más vería a la hembra que le gustaba. Él vivía uno de esos momentos en que sabía que no había una vuelta atrás. Todo esto no era ni siquiera una fábula.
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